miércoles 22 de abril de 2009

La tiranía de las normas sociales


Nos dejamos guiar rápidamente por la experiencia y la opinión de los demás, independientemente de si se adecua a nosotras, o a nuestra situación.

Nuestro mundo ha sido moldeado en gran parte por otras personas. Son ellas las que crean los productos que usamos, hacen las leyes que obedecemos y escriben los libros que estudiamos en los institutos, por lo tanto, estamos sujetos a su visión y conciencia particular del mundo a la hora de emplear sus reglas. A pesar de todos nuestros esfuerzos por perfeccionarnos, la verdad es que las personas tenemos un conocimiento limitado, motivaciones distintas, visiones parciales y un número diverso de otras limitaciones. Esto es algo que muchos de nosotros sabemos intelectualmente, aun cuando no pensemos demasiado en cómo afecta a nuestra manera de ver el mundo. Y así es como experimentamos nuestro mundo, la más de las veces: como si existiera al margen de la intervención humana.

Vemos las cosas que usamos, las normas que obedecemos y la información en que nos basamos como si fueran una verdad absoluta, independientemente del contexto o de la perspectiva. Las normas pueden ser una guía útil en un momento determinado, tampoco digo que destruyamos el sistema y reinemos en la vulgaridad y el egoísmo; no, no me refiero a eso, me refiero a que, con demasiada frecuencia obedecemos normas, como si poseyeran una lógica intrínseca que resulta razonable en todos los contextos. Nos enseñan a pensar en el interior de la caja, y en el exterior de la caja. Lo que yo quiero que nos preguntemos es: ¿Quién puso esa caja ahí? y ¿por qué?.

El temor a violar una norma nos anima a mirar a los demás para averiguar qué es lo que hay que hacer. Seguir a los otros está bien, a menos que nos perjudique. Pero ¿obedeceríamos siempre mecánicamente las reglas si supiéramos quién las creó, y con qué intención?. De no ser así, entonces es importante ponerle una cara a las cosas que implícitamente tratamos como si fueran verdades objetivas, para asegurarnos de que tiene sentido en el contexto actual.

Podríamos hacernos preguntas no sólo acerca de las normas, sino en todos los casos en que los demás piensan que algo debería encajar en nuestras vidas pero no es así. Dado lo distintos que somos los unos de los otros, es absurdo esperar que algo valga para todo.

La ciencia se enorgullece de su objetividad, y suele escondernos sus elecciones incluso cuando publica sus hallazgos. De hecho, la investigación científica se publica en las revistas de ese ámbito como enunciados probabilísticos, aunque en los libros de texto del colegio, y en las revistas populares se muestran como si fueran verdades absolutas. Esto promueve la ilusión de la estabilidad de las cosas.

La estabilidad es un esquema mental, y los que tienen confianza irrefrenable de que están en lo cierto con esta afirmación, confunden la estabilidad de sus esquemas mentales con la supuesta estabilidad de los fenómenos a los que se refieren...

La maestría en todas las cosas, puede venir, de una comprensión implícita de que las normas están hechas por personas en circunstancias determinadas. Cuando las situaciones cambian, la norma tendría que modificarse. Y ¿cómo sabemos la manera de hacerlo? Sabemos cómo hacerlo cuando estamos siendo auténticas, conectadas a nuestro Ser Superior. Hacemos nuestras elecciones basándonos en lo que es importante para nosotras en ese momento. No hay ninguna regla que pueda hacer eso.

Pongamos por ejemplo: la selección de los futuros alumnos en un examen de admisión. Los problemas comienzan cuando algún participante excluido del grupo, le da a su exclusión una significación psicológica, en vez de verla como el resultado de un acuerdo de un grupo de decisores. ¿De verdad nos importa la imagen que nos otorgan, por el resultado de contestar una hoja de papel? ¿Respetaríamos a alguien únicamente porque sabe la respuesta a tal o cual pregunta arbitraria? Si tuviéramos a esas personas delante de nosotras para que pudiéramos juzgarlas del modo en que ellas nos juzgaron indirectamente, ¿qué descubriríamos? ¿podríamos pensar en preguntas que ellas fueron incapaces de contestar? En la medida en que no tenemos en cuenta el contexto, no pensamos en cosas como éstas.

Fuente: Libro "La creatividad consciente" Ellen J. Langer. Editorial Paidós. Resumen de Shakty.


El corsé invisible

En la sociedad posmoderna las mujeres viven permanentemente en un estado de pánico. Un día tras otro se nos repite que debemos parecernos a una modelo, so pena de quedar excluidas. Dicho modelo es el de la mujer delgada y sin arrugas. Las mujeres se pasan la vida forzándose y pasando privaciones, pero sin llegar a conseguir lo que la sociedad reclama de ellas: la transformación de su cuerpo. Como si el cuerpo estuviera hecho de plastilina, preparado para adaptarse a cualquier exigencia. Y cuando las mujeres no logran satisfacer esas exigencias (como perder 5 kilos antes del verano, para citar un ejemplo frecuente), tienden a desvalorizarse ellas mismas. De repente, pasan a verse como seres ineptos, sin voluntad e incapaces de alcanzar los modelos de vida que se han erigido en dogmas.

No conseguirlo las desespera y logra rebajar su autoestima, lo que todavía las empuja aun más hacia la búsqueda de la perfección, y si no consiguen -después del quinto régimen del año- perder grasa, ahí, en los muslos, algunas intentaran recurrir a la cirugía. ¿En nombre de qué ideal nos atrevemos a condenar de ese modo los signos de la feminidad?

En este campo, todo es escandaloso. Y en particular en lo que se refiere a la manera en la que cada una nos hacemos cómplices de esa esclavitud y de la brutalidad con la que se trata a la mujer: la moda y sus creadores, que a veces se comportan de un modo irresponsable; la publicidad, que aunque sólo pretende ser el reflejo de la sociedad, es la que crea los modelos, la prensa, que, a pesar de su deseo de proteger a la mujer no sabe desmascararse de esa tiranía. Y al aceptarlo, las mujeres tambien se convierten en cómplices de todo lo que les sucede. Pero ¿acaso pueden elegir? al catalogarlas de demasiado gordas, demasiado arrugadas o demasiado viejas... Les estamos arrebatando su espacio vital.

El culto enfermizo al cuerpo beneficia a un cierto número de industrias. La industria agroalimentaria, incluyendo el sector de los productos bajos en calorías y los alimentos sustitutivos, la industria cosmética, los laboratorios farmacéuticos, la cirugía estética, y los spa.

La condición de la mujer moderna, que vive sumida en el terror de pasar de los cuarenta y de aumentar tres kilos, es indigna en nuestra sociedad. Es una mujer que vive constantemente con miedo, un miedo que ella misma construye, día tras día, y semana tras semana. Ahora bien, una persona que tiene miedo no sabe elegir de la forma correcta. Cuando una mujer se la condena a vivir en todo momento en el temor de no ser como debiera, se le está arrebatando su libre albedrío.

En la presentación del articulo sobre las "gordas" aparecido en la revista 'Elle' de octubre de 2006, Catherine Roig se preguntaba: "¿Y si se suprimieran los regímenes?". Y aunque parezca una pregunta legítima y evidente, era la primera vez que alguien se atrevía a formularla en una revista femenina. Esta es la clase de liberación de la mujer que corresponde a nuestra época. Una mujer que se siente segura de si misma, que ama su cuerpo -aunque sienta la avalancha de opiniones de la sociedad en contra-, que saca la fuerza y el coraje de ser ella misma, y de verse como le da la gana. Salir del encierro en el que se vive, por causa de unos códigos estéticos irreales y asesinos, es una necesidad y un deber de todas las mujeres del mundo.


Fuente Original: Libro "El corsé invisible". Eliette Abécasis y Caroline Bongrand. Ediciones Urano.